Síguenos en Facebook    Síguenos en Twitter    Contactar   

La muerte de un hijo

La muerte de un hijo y su impacto en la pareja

La muerte de un hijo o una hija es una de las experiencias más duras, difíciles y dolorosas que puede sufrir un ser humano.

Los padres se sienten responsables de la protección de sus hijos y, su pérdida, suele ser vivida como un fracaso y con una gran culpabilidad.

Es frecuente que la muerte de un hijo produzca tensiones y conflictos en la vida de pareja:

Dificultades para aceptar que la pareja viva la pérdida a su manera. Un miembro de la pareja puede sentir, por ejemplo, que al otro no le importa la muerte lo suficiente (quizás porque no llora o porque no quiere hablar del fallecido). A veces, la necesidad de parecer fuerte, puede interpretarse por el otro como falta de interés.

Culpar a la pareja. Es frecuente que uno de los miembros de la pareja piense que el otro es de alguna manera responsable de la muerte. Esto se puede traducir en reproches continuos o en sentimientos de impaciencia e irritabilidad hacia el otro.

Falta de sincronicidad. Puede ocurrir que la pareja no viva al mismo tiempo los momentos de mayor dolor o las recaídas. Esto puede crear la sensación de que uno siempre está inmerso en el dolor, y puede contribuir a que se eviten el uno al otro en los momentos difíciles, para no recaer en el sufrimiento.

Las relaciones sexuales. En las relaciones sexuales, puede ocurrir que las necesidades de uno incluso aumenten, mientras que las del otro disminuyan o desaparezcan. Esto puede ser fuente importante de conflictos. El hombre, en general, tiene una sexualidad más genital, y es capaz de separar el deseo sexual de su situación emotiva. La mujer puede sentirse incapaz de desear si está triste o enfadada.

Es perfectamente natural querer disfrutar de vez en cuando del sexo y otros placeres, los momentos de dolor ya vendrán por si solos.

Algunas sugerencias: Convéncete que te resultará muy difícil sobrellevar esta situación solo. No pretendas tampoco que tu pareja se convierta en tu principal soporte afectivo, bastante tendrá muchas veces con lo suyo... Busca pues una, dos o más personas de confianza con quien compartir tu dolor. Procura mantenerte lo más unido posible a tu pareja, apoyaros mutuamente, respetar el ritmo y la manera de llevar el duelo del otro. Puede ser que estés pasando, por ejemplo, por una etapa en la que prefieres estar solo o con los mas cercanos, y que evites a la gente para no tener que hablar de tu hijo, y en cambio, a tu pareja, le esté ayudando exactamente todo lo contrario. ¿Cómo conciliar las necesidades de ambos si la pareja está acostumbrada a hacerlo todo juntos, por ejemplo? Es necesario paciencia, comprensión y creatividad para introducir cambios en nuestra forma de vivir que nos permita seguir adelante sin añadir más dolor al dolor.

Los otros hermanos. La pareja puede estar tan afectada por su propio dolor, que descuide a los otros hermanos. Ellos también sufren intensamente la pérdida, se sienten culpables y pueden tener necesidad de desahogarse. Hablar del fallecido y compartir, cada uno a su estilo, el dolor por la pérdida, puede ser la mejor manera de ayudarse unos a otros y afrontar sanamente la experiencia de duelo.


Incidencia de la pérdida de hijos en la relación de pareja

Al iniciarse el duelo, vivencias confusas y negativas como la culpa, el resentimiento, la impotencia, la sensación de ser incomprendidos por el medio familiar y social se hacen presentes en ambos padres.

Son además estas emociones vividas de modo particular en cada uno de ellos, y a menudo no coincidentemente.

Frente a tales hechos el silencio, la incomunicación, la hostilidad o los reproches, se instalan en la pareja que buscará entonces resolver individualmente su duelo distanciándolos aún más.
Probablemente un falso sentimiento de “fidelidad” hacia el hijo ausente hará que disminuyan o se anulen las gratificaciones habituales de la pareja, ahondando así el dolor y la tristeza. De este modo el distanciamiento entre los padres será evidente y el sinsentido del vínculo comenzará a instalarse en ellos.

Se apoyan en estos hechos las estadísticas que hablan de un aumento de las separaciones en las parejas que han perdido hijos.(**)

Al detenernos en el análisis de este desarrollo, notamos que las características del vínculo preexistente a la pérdida cobran una incidencia fundamental en la evolución de los hechos.
Los que con antelación al duelo sobrellevaban una relación conflictiva son los que dan razón a éstas estadísticas, ya que la pérdida obra como detonante que pone en evidencia todo lo que hasta allí se negaba.

De todos modos la separación podría evitarse si llegado a este punto ambos padres reconocen y asumen su propio conflicto, y recurriendo a una ayuda externa (espiritual o terapéutica) evitan sumar al dolor del duelo la ruptura del vínculo matrimonial.

En cambio, una pareja bien integrada compartirá su dolor, cada uno será para el otro el mejor interlocutor para su duelo, buscarán juntos ayuda, esclarecimiento, consuelo, y unidos recorrerán el difícil camino.

No habrá silencios, recordarán al hijo a veces con una lágrima, otras con una sonrisa, y el vínculo quedará fortalecido por la experiencia compartida.

Algunas sugerencias finales para los padres que atraviesan éste tipo de situaciones son:

· Poder escuchar las demandas y requerimientos del otro.
· Identificarse con el sentir de su cónyuge
· Romper los pactos de silencio con respecto al duelo.

Recordar al ausente cada vez que sientan necesidad de hacerlo, de manera intimista y sin la presencia de terceras personas que no siempre están dispuestas a participar de este tipo de reminiscencias.

· No postergar un diálogo por temor al conflicto.
· Incluir la tolerancia y las concesiones en la relación.
· Rescatar los roles perdidos o empobrecidos dentro de la pareja.

Poniendo en práctica éstas sugerencias, tal vez logremos que las paralelas de la existencia individual en la pareja que enfrenta el duelo, puedan unirse para un compartido beneficio.

(*) Aunque referida a la muerte de su amada esposa, y no a la de un hijo, la siguiente estrofa en la que Macedonio Fernández describe su honda pena, encierra con lucidez el sentimiento que embarga al ser humano ante una pérdida irreparable;

(Amor se fue); mientras duró,
de todo hizo placer,
cuando se fue,
nada dejó que no doliera.

(**) He conocido, sin embargo, varios casos en que la pareja de padres se había separado con bastante antelación al doloroso suceso de la pérdida de un hijo, y el hecho de sentirse unidos en el dolor los ha acercado nuevamente a reiniciar la vida en pareja.